Por Gabriel Trujillo Muñoz.
El desierto tiene algo de inmortal, de presencia ajena a la historia, de paisaje extraterrestre. Para el historiador chileno Manuel Vicuña, el desierto es la “antesala de la creación, el tiempo de los orígenes, los residuos de otras edades geológicas”. Para los viajeros que han tenido que atravesarlos son regiones silenciosas, sin agua ni horizontes, donde cualquiera puede perderse. Espacios donde reina la nada, el vacío, el caos y, especialmente, la muerte. Pero para quienes habitan estos arenales infinitos, el desierto es vida y prodigio, sustento y rumbo. Para los nativos indígenas del noroeste mexicano, el desierto era producto de la acción de los dioses gemelos, Sipa y Komat, quienes habían desecado los mares para crear las planicies arenosas que acabaron siendo su hogar. Para la etnia kiliwa de Baja California, el astro rector de su existencia era el sol y como lo dice su mito de creación, en versión de Emiliano Uchurte, el sol es obra del dios coyote Matipá:
"Matipá pensó que haría el sol. Primero trató de sacarlo de su codo, pero no pudo. Luego intentó formarlo de su muslo pero tampoco tuvo éxito. Entonces quiso extraerlo de la parte superior de su cabeza, pero inútilmente también. Por fin logró hacerlo de su boca, porque la boca es caliente y cuando hace frío echa humo. Como el calor del sol era insoportable, Matipá se propuso hacer un arbusto de creosota para protegerse de sus rayos. Al fin se sentó a la sombra del arbusto, pero como el calor seguía siendo insoportable, Matipá hizo entonces una víbora de cascabel. La serpiente empezó a estirarse para alejar al sol más hacia arriba y lo empujó y lo empujó hasta que por fin lo dejó en lo más alto del cielo."
Habitar el desierto es ser nómada, es aceptar que el movimiento asegura la precaria subsistencia. Para los grupos indígenas de Aridoamérica (esta región que va de Zacatecas y Durango y que se extiende hasta Nevada, California, Arizona y Nuevo México), ellos son los dueños y señores de una tierra de amplios horizontes, de una vida marcada por el culto de la luz: “El sol sale y alumbra la tierra”, el sol sale y crea la claridad. Y es que el desierto moldea el carácter de sus habitantes, sus hábitos y costumbres, su manera de ver el mundo. En una tierra que ofrece frutos escasos y enormes peligros, los indios del noroeste mexicano tuvieron que afrontar las limitaciones de la naturaleza. Así, en el canto pápago (Sonora) en que se invoca la lluvia, se suplica:
Señor, araño el aire y brota tierra,
araño el fuego y brota tierra,
araño el agua y brota tierra,
araño la tierra y brota mi sangre,
que llueva, que llueva, señor, que llueva.
Pero incluso con sus tormentas de arena y sus tormentos de sed, el desierto es hogar y residencia, orgullo y desafío para los indígenas de Sonora, Chihuahua y Baja California. Por eso Agustín Sández, indio cucapá, canta a esta inmensidad desértica con una querencia ancestral:
Esa tierra es mía,
es tierra nuestra.
La tierra de la orilla del río;
hace mucho era mía,
cuando los indios eran indios,
cuando los indios;
cuando ellos iban y venían.
A partir del siglo XVII, los exploradores, misioneros y colonizadores son los primeros occidentales en toparse con el desierto y describirlo como un infierno, como una región que atormenta el espíritu y reta al más valiente y arrojado, y así, los escritores comienzan a cantarle a las arenas espejeantes a partir de que se da un proceso de domesticación de la naturaleza a fines del siglo XiX y principios del siglo XX. Donde había páramos candentes ahora hay pueblos en expansión, ciudades que, gracias a la tecnología de los canales de riego, crean ya una cultura sedentaria, una serie de comunidades con ideales de progreso material y prosperidad económica, una sociedad de la que surgen poetas y narradores que le cantan al desierto, que describen su impacto vivencial y sensorial en sus propias existencias.
Al principio, es decir, a mediados del siglo XX, estos escritores son periodistas que viven cortas o largas temporadas en esta parte del país, como es el caso de José Revueltas (1914-1976) y Fernando Jordán (1920-1956). Ambos periodistas describen el avance inexorable de la civilización sobre los últimos rincones vírgenes de Baja California. Ambos son testigos presenciales de la modernidad que llega para explotar hasta las últimas riquezas de estas tierras y mares. El desierto se transforma, así, de un desafío en un obstáculo que debe ser conquistado a base de centrales eléctricas, canales de riego y autopistas. La modernidad en toda su avasalladora presencia. En esta época también comienza otro proceso cultural: la recreación poética del desierto por los habitantes del Noroeste de México.
Desde la segunda mitad del siglo XX en adelante, muchos poetas, algunos de ellos provenientes de otras partes del país, otros nacidos en este mismo desierto, van a cantarle a la árida naturaleza que los rodea. Pero aquí ya el desierto deviene en orgullo regional, en señal de progreso, como ocurre en el poema “Desierto” de Miguel de Anda Jacobsen (1927-2001), poeta bajacaliforniano:
Desierto, soledad hirviente
que te conjugas con el mar distante:
tu biznaga y tu cirio en consonante,
son paradoja del pinar riente.
Herrumbre que persiste como anclaje
al progreso fecundo enajenada:
representas la miseria portada
del inclemente, rústico paisaje.
Para los poetas de generaciones posteriores a la de Miguel de Anda Jacobsen, el desierto no es rústico ni miserable, sino un enigma a resolver, un espacio mítico, un sitio donde se reúnen fuerzas transcendentes. Para muchos de estos poetas, el desierto es una senda de conocimientos antiguos, de sabiduría ancestral. Decir desierto implica reconocer sus propios orígenes en la cultura indígena a la que nuestra vida urbana ha dado la espalda. Por eso Alejandro Aguilar Zéleny (Sonora, 1956) busca vincularse, a través de ceremonias colectivas, con otras formas de habitar el desierto, con otras maneras de cantarle al viento. En su poema “Hikuri: las sombras del sol”, Aguilar Zéleny nos describe el rito de la danza-música que hace que un arenal perdido se vuelva, por unos días, el centro del universo:
Así estamos aquí, en medio o al final del desierto; al comienzo del monte donde la vida se hizo paso a paso; una leyenda tras otra, cuando el conejo entró en el cuerpo de la luna; cuando el coyote huyó del fin del mundo; cuando el árbol del búfalo comenzó a sangrar y las águilas lloraban, arrojando sus plumas a la cabeza de los pobrecitos hombres que apenas aprendían a levantarse y ya eran nuevamente lanzados a la oscuridad. Voces que espantan a los vivos, carcomiendo el poco de muerte que queda por sufrir. Aquí estamos detenidos, visitantes eternos de otras risas y otras canciones.
Para otros poetas del noroeste mexicano, como Elizabeth Algrávez (Mexicali, 1972), es el desierto donde la naturaleza se desnuda de todo atavío, de todo exceso. Más que el desierto en sí, Elizabeth siente a éste como su propio cuerpo, donde ella misma “descubre su geografía de mujer incierta. Para Algrávez, “el desierto es destino y penitencia”, pero también es su propio cuerpo en espera del tigre que ande por su piel y cuya furia la rompa y la devore. En este caso, el desierto y el tigre son metáforas del acto sexual, donde el desierto es mujer abierta al escrutinio de nuestras miradas y el acoso de las fieras. En su poemario Trilogía de arena (1999), Elizabeth implora que sus labios secos sean “besados por el viento hiriente del desierto”, en ese espacio de placeres y sorpresas que aguarda a su amante, sea éste el viento, el tigre o el reptil:
Y el reptil va barriendo la piel del desierto
Y el reptil va, barriendo la piel del desierto
Y el reptil, baba riendo, la piel del desierto
Y el reptil baba, ríe en do la piel del desierto
Que es curva y honda, y es seda y se da.
Tal vez por eso Dante Salgado (Baja California Sur, 1966) exponga que el desierto está habitado po ángeles y demonios que reflejan nuestras ansias, nuestros sueños más íntimos. El poeta, entonces, se dedica a observar el mundo como si fuera un habitante de la desolación y la quimera, un residente que ve en una simple bugambilia el paraíso y en la mujer que ama la brújula que lo guía por los vastos arenales y no le permite perder el rumbo. El desierto es presencia milagrosa, señal de vida a plenitud y no de muerte cierta. Así lo dice en su libro El Jardín de las Miradas (2003):
Si sólo fueras
Esa piedra que corta mi carne
O la luz del verano
Que me ciega
Si al menos fueras
Este puño de arena
O la sombra que vuela debajo del ave
Yo me quedaría en silencio
Mirándote
Para los nativos indígenas del noroeste mexicano, el desierto era producto de la acción de los dioses gemelos, Sipa y Komat, quienes habían desecado los mares para crear las planicies arenosas que acabaron siendo su hogar.El desierto es presencia milagrosa, señal de vida a plenitud y no de muerte cierta. El desierto está habitado por ángeles y demonios que reflejan nuestras ansias, nuestros sueños más íntimos. Ser el desierto es ser la vida que no cesa de seguir adelante. El desierto no es el vacío sino el esfuerzo denodado, la paciencia infinita, el gozo de lo poco y lo breve. Pero, al menos en la poesía reciente, es la luz que salta como un prodigio, el agua que ilumina los rostros, la hermosura de los atardeceres y el oasis de la palabra.
Ya Jesús Sansón Flores (1909-1966), un poeta michoacano avecindado en Mexicali, Baja California, dijo que “Este desierto es ya mío / Con este Sol ya me quedo”. Y lo mismo afirma la poeta mexicalense Karla Mora Corrales (Baja California, 1974) en su poema “Haciéndome visible”: la fortuna de vivir en el desierto, la capacidad de cambiar de forma y de sentido. Poesía que es su propio espejismo camaleónico, su verdad candente y pura:
Me he esperado aquí
de frente a la maleza
para convertirme en roca
a mitad del camino desvanecida
ser polvo en verano y fango en invierno
abochorno al mezquite
y a la serpiente sorprendo
soy la espina, soy la plaga
la tormenta
la sequía del desierto,
me he esperado
para darme a mí,
hablaré de mis ancestros
para fundirme con ellos
y ser volátil cual ceniza
de miradas cegadora
Soy la insolación de agosto
el sabor del algodón
soy la sal de mar
la nube del invierno
renazco en la ponzoña de la araña
en el incendio del rayo
y en la púrpura herida,
pero renazco
El desierto del Noroeste, ese paisaje que va de Mexicali, en Baja California, a los médanos de Sonoyta y a los arenales de Puerto Peñasco, en Sonora, esa ruta que serpentea desde la Laguna Salada hasta el espinazo de nuestra península, es todavía una realidad que apenas comienza a ser cantada en todo su resplandor, en todos sus misterios: un vórtice poético que muestra la blancura de sus huesos blanqueados bajo el sol, de sus versos pulidos por el viento: signos de un paisaje que ya empieza a ser parte fundamental de una literatura ardiente y alucinatoria, lúcida en su atosigante espejismo, plena de obras y autores fascinados por las reverberaciones de la luz en la pupila, por las ondulaciones del agua en un horizonte inalcanzable. Desierto y poesía: dos hermanos gemelos, dos dioses jugando bajo la piel misma del dios coyote Matipá. Nuestro aullido supremo. Nuestro astuto creador.
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